
Rodrigo Díaz de Vivar
¡Que buen vasallo si tuviese buen señor!
Por Fernando Vivas
¿Historia? ¿Leyenda? Qué más da. Lo cierto es que esta canción de gesta nos sirve para enlazar con la época actual, con la vida misma. En el Cantar del Mío Cid, se glosa la figura de Rodrigo Díaz de Vivar y se enaltece el triunfo de la generosidad, del desinterés, de la lealtad, de la sinceridad, de la honradez y de la honestidad, basadas en el empeño, el trabajo, el sacrificio, la valía, el mérito, la justicia y la ilusión, frente al abuso de los poderosos, de los advenedizos, de los intrusos.
Rodrigo Díaz, que nació en Vivar (Burgos) en 1043, quedó huérfano de padre a los 15 años, se crió en la corte del rey Fernando I junto al hijo del monarca, el príncipe Sancho, quien, ya rey, le ordenó caballero pasando a ser su brazo derecho. A los 23 años obtuvo el título de “Campeador”, y a los 24 ya era conocido como Cidi o Mío Cid, expresión de cariño y admiración.
Al morir Sancho II en el cerco de Zamora y tras la jura de Santa Gadea, tomada por Rodrigo al nuevo rey castellano, la suerte del Cid cambió y su gran capacidad fue desechada por la ira e envidia del nuevo monarca. Tal es así, que en 1081 el Cid es desterrado de Castilla durante unos seis años, acompañado de 300 de los mejores caballeros castellano. La fama del Cid se acrecentó espectacularmente al contrario que el reinado del rey, haciéndose señor de los reinos moros de Lérida, Tortosa, Valencia, Denia, Albarracín y Alpuente.
En 1079, cuando con sus mesnadas se dirigía a Sevilla para cobrar los tributos (parias) del rey de Sevilla a Alfonso VI, fueron atacados por el rey de Granada y García Ordóñez., pero consiguen vencer a los asaltantes y Rodrigo humilla a García Ordóñez en el castillo de Cabra. A la vuelta a Burgos, este último, y Pedro Ansúrez, en venganza desencadenan una traición contra el Cid, consiguiendo que Alfonso VI le destierre y prohibiendo a todos los burgaleses darle ayuda o aposento alguno, como dicen los versos del Cantar:
“Ya entra el Cid Ruy Díaz por Burgos;
sesenta pendones le acompañan.
Hombres y mujeres salen a verlo,
los burgaleses y burgalesas se asoman a las ventanas:
todos afligidos y llorosos.
De todas las bocas sale el mismo lamento:
¡Oh Dios, qué buen vasallo si tuviese buen Señor! "
Estos versos forman parte del Cantar del Mío Cid, quizás el cantar de gesta anónimo más importante de Castilla, que narra las hazañas heroicas de los últimos años de la vida del caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar.
¿Historia? ¿Leyenda? ¡Qué más da! Lo cierto es que esta canción de gesta nos sirve para enlazar con la época actual, con la vida misma. En el Cantar del Mío Cid, se glosa la figura de Rodrigo Díaz de Vivar y se enaltece el triunfo de la generosidad, del desinterés, de la lealtad, de la sinceridad, de la honradez y de la honestidad, basadas en el empeño, el trabajo, el sacrificio, la valía, el mérito, la justicia y la ilusión, frente al abuso de los poderosos, de los advenedizos, de los intrusos.
Las aventuras, pero sobre todos las desventuras del Cid y de cuantos comulgaban con sus ideales, se repiten hoy en día desde el mismo instante en que el resultado de unas elecciones a 48 horas de la deflagración de cientos de kilos de no se qué tipo de explosivo, cambia el panorama de todas las instituciones, también de la policial, extendiendo sus tentáculos más allá de los confines del foro, cual secta en posesión de la verdad más absoluta, de la verdad por encima de la de los demás, predicando soluciones fáciles a los problemas, creándose estos cuando no los hay, excluyendo radicalmente a los demás, enfrentándose por sistema a quienes no son de su credo y obedeciendo ciegamente a sus líderes.
El pago a las fidelidades sin importar otra cosa. La profesionalidad, la preparación, el currículo, no se tienen en cuenta. Da lo mismo cual sea el resultado. Qué sube la delincuencia, da igual. Manipulemos las estadísticas. Neguemos la información incluso a los profesionales de la Policía de los que dependen los resultados. Ni la adulteración de las estadísticas hace que los fríos números puedan darse a conocer. Juguemos con ellos. Interpretémoslo de espaldas a la realidad. El ciudadano es tonto, no se entera. Confundamos seguridad con inseguridad. Politicemos la Policía y a los policías. Permitamos que la institución y sus profesionales estén todo el día en el ojo del huracán. Mientras las dudas se concentran en las actuaciones de la Policía, la atención no se fijará en otros. Dejemos que se sospeche de la integridad profesional y moral de los policías. Permitamos que se ponga en cuestión si se hace la vista gorda en este o en aquel caso de corrupción urbanística, en este o aquel informe científico, si goma 2 o titadyn, si nitroglicerina o nitrocelulosa, si se uso un móvil oficial para “dar el agua” o se manipularon informes, si tiene que haber detenciones porque lo dice e ministro o si se agredió a este otro ministro en una manifestación, etc. Todo vale, pero todo queda. ¡Qué manera de dilapidar todo un patrimonio de reconocimiento, desprestigio, de confianza en la institución policial! ¿De qué sirve que en el barómetro de octubre del CIS, continuara la Policía siendo la institución mejor varada por la ciudadanía(5,76), por encima incluso de la Monarquía (5,19), del Ejército (5,41) o del propio Gobierno (4,60)?. Nada importa. Fuera todo lo que huela al equipo anterior, aunque sea bueno, aunque pudieran sacarnos del atolladero en el que estamos metidos. Como le pasó al Cid, a esos se los desecha por ira,por envidia y también por venganza. Como a Rodrigo, se los destierra, se les manda a sus casas. ¡Los sectarios al poder!
Mientras tanto, a nuestros policías no se les facilita ni pasaporte para viajar a países extranjeros repatriando inmigrantes ilegales o se abandona a su suerte a cien policías en Mauritania, que tienen que dormir a ras del suelo de un hangar junto con los propios inmigrantes en mantas cedidas por la Cruz Roja. Da igual. Aquí no pasa nada. Nadie paga por esto. Ellos no incumplen ningún reglamento. ¡Por Dios, que atrevimiento sería eso! Ellos son políticos. Son policías, pero son políticos. Son otra cosa. ¡Qué buen vasallo si tuviese un buen señor! |